¿Globalización de qué?

Como todos sabemos, vivimos en un "mundo globalizado". 

¿A qué llamamos globalización?

Desde hace unas décadas, la interconexión entre países y personas pasa a un plano mundial a nivel económico, político, social y tecnológico. Este fenómeno cambia el tipo de relaciones que se dan en cada uno de estos ámbitos y se produce un nuevo escenario aún con cuestiones sin resolver.

Este proceso es hoy en día algo inevitable y del que no se puede escapar. La información que recibimos en nuestro teléfono, el periódico que trae consigo noticias de países extranjeros, los viajes por ocio y negocio, los programas de intercambio, la comunicación con la sede de nuestra empresa, los alimentos que consumimos, la partida on-line en nuestro juego de ordenador... Todo se encuentra bajo el prisma de la globalización. Es el paso de las sociedades mecánicas a las sociedades orgánicas de Durkheim pero a gran escala. El paso de la cohesión comunitaria, de la relación entre individuos con ideas, valores y costumbres prácticamente iguales, de la baja interdependencia y de la homogeneidad de la sociedad, a la sociedad interdependiente, con la división del trabajo como base, con una gran diversidad de ideas, valores y costumbre y, por tanto, de individuos, con un bajo nivel de cohesión social y de la heterogeneidad de la sociedad. Así es como Durkheim diferenciaba las sociedades antiguas y preindustriales de las industrializadas. Es posible que el término de solidaridad orgánica que el filósofo y sociólogo francés utilizó para describir los procesos a partir de los cuales se regían las nuevas sociedades, aún que siga teniendo mucha vigencia, con la globalización, necesite de una revisión y, quizá, una actualización.


Cuando más es menos

Estas nuevas sociedades postorgánicas que se encuentran bajo el claro paraguas de la globalización,  tienen una característica que particularmente me resulta tanto entristecedora como fascinante, en el sentido literal de la palabra.

Me refiero a la falta de movilización ciudadana. Es el momento de la historia donde se dan más facilidades para acceder a la información gracias a internet, para comunicarnos, organizarnos, estudiar y entender los problemas que más han marcado a nuestras sociedades a la lo largo de la historia y para extender una disconformidad o protesta sin siquiera salir de casa con el uso de la redes sociales. Con todo esto, vemos, sin ponerme de ejemplo heroico en ningún caso, que nos suben el precio de la luz, de la gasolina, que se vulneran derechos fundamentales, que los ricos cada vez son más ricos en detrimento de los demás...Y seguimos pagando la luz, la gasolina y asumiendo la desigualdad. Eso sí, quejándonos en casa con la familia y amigos, utilizando el coche lo menos posible y reduciendo el gasto eléctrico. 

Asumimos una serie de pérdidas en nuestra calidad de vida sin tratar, la mayoría, de hacer lo más mínimo por revertir la situación. ¿Por qué? ¿Por qué creemos que somos sociedades modernas y libres, y somos dóciles y conformistas? La única respuesta que encuentro es que existen tantos mecanismos coercitivos, de los que no somos conscientes y que limitan nuestra capacidad final de acción, que provocan que aún teniendo toda la serie de ventajas que anteriormente mencionaba, seamos incapaces de generar cambios que sabemos que mejorarían nuestra vida.

Estamos inmersos en una sociedad postorgánica que además de todos los puntos que Durkheim señaló, y sin tener en cuenta todas las ventajas tecnológicas y de disponibilidad de conocimiento de las que disponemos y que él, obviamente, desconocía, sufre una crisis comunitaria que llega a afectar incluso al propio individuo. El ejemplo de la luz es claramente algo que nos afecta a todos, como colectivo y como individuos particulares. Parece ser, aún así, que muchos preferimos pedir un aumento de 100€ al mes en nuestro trabajo, que luchar por una reducción en el precio de la luz y la gasolina. No menciono la lucha por derechos fundamentales por centrarme en lo económico que es lo más tangible y por remarcar que incluso algo que afecta tan directamente a lo más preciado de nuestro sistema socio-económico, el dinero, merece tanta apatía. 

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